El tomate fue considerado venenoso en Europa

Redacción

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Hoy resulta impensable una cocina mediterránea sin tomate. Está en la base de salsas, guisos, ensaladas y sofritos; es el alma del gazpacho andaluz y de la salsa napolitana; el rojo que define la identidad culinaria de medio mundo. Sin embargo, durante siglos, en Europa el tomate fue considerado venenoso.

La historia de este rechazo es tan fascinante como reveladora de cómo la gastronomía evoluciona entre miedos, prejuicios y descubrimientos científicos.

De América a los jardines europeos

El tomate llegó a Europa en el siglo XVI, tras los viajes de Cristóbal Colón y las expediciones posteriores a América. Originario de Mesoamérica, donde ya formaba parte esencial de la dieta, fue introducido en España y desde allí se expandió por el continente.

Pero su recepción no fue culinaria, sino ornamental. El tomate se cultivaba en jardines como planta exótica. Sus frutos rojos y brillantes llamaban la atención, pero no despertaban apetito.

La razón principal de la desconfianza era botánica: el tomate pertenece a la familia de las solanáceas, la misma que incluye plantas tóxicas como la belladona o el estramonio. En una época en la que el conocimiento científico era limitado, la asociación fue inmediata: si comparte familia con plantas venenosas, debe ser peligroso.

El mito del envenenamiento

En la Europa del siglo XVI y XVII circuló la idea de que el tomate provocaba enfermedades e incluso la muerte. En parte, esta creencia pudo estar reforzada por episodios reales de intoxicación… que no tenían tanto que ver con el tomate como con la vajilla.

Las clases acomodadas consumían alimentos en platos de estaño o peltre con alto contenido en plomo. El ácido natural del tomate reaccionaba con el metal, liberando sustancias tóxicas que podían causar síntomas graves. El fruto fue culpado injustamente.

Mientras tanto, en regiones más humildes donde se utilizaban utensilios de barro o madera, el tomate empezó a incorporarse poco a poco a la cocina sin incidentes.

Italia y España: los primeros en adoptarlo

Fue en la cuenca mediterránea donde el tomate encontró finalmente su lugar en la mesa. En España, comenzó a utilizarse en salsas y guisos, y en Italia fue integrándose progresivamente en la cocina popular del sur.

Curiosamente, la icónica salsa de tomate italiana no se consolidó hasta el siglo XVIII. Antes de eso, la pasta se consumía sin la salsa roja que hoy parece inseparable.

La transformación del tomate de sospechoso a imprescindible fue lenta, pero definitiva. Su capacidad para aportar acidez, dulzor natural y profundidad convirtió al fruto americano en pilar de la cocina europea.

Ciencia y redención

Con el avance de la botánica y la química en el siglo XVIII y XIX, se comprendió que el tomate no era tóxico. Más aún: se descubrieron sus beneficios nutricionales. Rico en vitamina C, antioxidantes y licopeno, el tomate pasó de amenaza a alimento saludable.

La revolución industrial y el desarrollo de técnicas de conservación —como el enlatado— multiplicaron su presencia. El tomate dejó de ser estacional y se convirtió en producto global.

Un símbolo de identidad culinaria

Hoy, el tomate no solo es ingrediente, sino símbolo. Define cocinas nacionales y regionales. Es producto estrella en mercados, protagonista de festivales y base de la dieta mediterránea.

Paradójicamente, el fruto que fue tratado como venenoso es ahora uno de los alimentos más universales del planeta.

La lección gastronómica

La historia del tomate recuerda que la gastronomía está marcada por la curiosidad y la adaptación. Lo que hoy consideramos esencial pudo ser, en otro tiempo, motivo de temor.

Cada vez que cortamos un tomate maduro o preparamos una salsa casera, participamos en la culminación de un viaje histórico que comenzó entre sospechas y terminó en triunfo culinario.

El tomate no fue venenoso. Fue incomprendido. Y su redención es una de las historias más sabrosas de la gastronomía europea.

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